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sábado, 21 de julio de 2018

Eric parte 1


Estaba con la gorra puesta y la visera mirando para abajo, apoyado en una pared de ladrillos. Era de noche, debían ser la una o las dos de la mañana, corría un poco el aire. Masticaba con la boca abierta un chicle de menta, estaba esperando a mi gata rubia. Miré al cielo y vi las estrellas. En ese momento me acordé de como sangraba ese cerdo de Antonio Linares. Me ponía enfermo verle acariciar a Emma con esas manos de viejo. Aunque de todas formas, desde que supe lo de la herencia del marido de mi amante, ya no me interesaba compartirlo con ella, aunque es cierto que la necesito para matar a la testigo. Pero siento cierto afecto por Emma.

En lo único que pienso ahora es que hacer con tanto dinero. Como dice la frase: "no hay honor entre ladrones".

Leí en el periódico que la testigo de mi crimen había descrito mi tatuaje. La Guardia Civil me podían identificar por ese detalle, aunque no tenía ningún antecedente. Sabía que Emma había estado en mi piso por la nota que me había dejado en la mesa del salón, dentro de un periódico. Llamé desde una cabina telefónica a su móvil. Hablé menos de un minuto y quedamos en vernos a estas horas de la noche. Fui a una tienda y me compré un traje de la Guardia Civil.  Mentí, diciendo que era profesor de un instituto y que era para una función cuando en realidad iba a usarlo de señuelo para encontrar a dicha joven que me vio huir del crimen de Antonio. No tenía ni idea de cómo se llamaba, ni donde vivía, pero si me acuerdo de su esbelta figura y que era asiática. Deduje que como estaba paseando por el pueblo, sería de aquí. Así que empecé a buscarla. Pensé en rastrear el pueblo de arriba a abajo. Pagué en efectivo el traje, para que no hubiese rastro de mi. Empecé por la noche, a eso de las doce. Fui oteando en las casas más próximas a la pequeña montaña, cerca del Polideportivo de Torres de la Alameda. Fijándome en cada rostro para ver si coincidía con la de la testigo. Padres jugando con sus niños en el parque a estas horas porque antes hacía mucho calor. Nada. Parejas dando un paseo veraniego. Aparqué el coche arriba, en una calle donde había quedado con Emma y esperé. No había ningún rastro de mi novia. Me puse la sudadera y me metí la navaja que llevaba  en un bolsillo.

Al salir del trabajo, por mi cuenta, sin decir nada a mi chica, investigué a la testigo.

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