Sus delgados labios me besaron por fin. La abracé mientras
continuaba la pasión ardiente. Un rato después, ella me volvió a bajar el
pasamontañas. Por un momento, creí que sabía quién era yo, al mirarme fijamente
con esos ojos, color avellana que hacía que mi corazón se parase.
-Llama a la Policía y di que tu agresor está detenido y
atado.-le dije.
-Gracias.- contestó ella lanzándome una sonrisa.
Fui caminando hasta el final de la calle a paso ligero.
Estando en un cruce de calles, estiré un brazo a un lado y alcé el pulgar hacia
arriba. Saqué el cigarro del bolsillo y lo manoseé. Lo encendí con el mechero y
seguí andando.
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